Es muy triste levantarte un día de la cama y darte cuenta de que has perdido la ilusión por todo, que ya no fantaseas despierta con un futuro lleno de dicha y que ya no hay más que sueños rotos y fustrados. Simplemente, te centras en seguir adelante, rezando para que el tiempo pase como una nebulosa, sin que te des cuenta de nada, sin tener que sufrir más.
Exacto, sin sufrir.
Aunque lo más lamentable es que ni se te permita sentir dolor, ya que ha sido remplazado por la indiferencia y la impotencia. Ahora, las lágrimas no te pueden ayudar a desahogarte.
Cuando pierdes la ilusión por vivir, cuando pierdes la esperanza... lo pierdes todo, y ya no es tan fácil afrontar el día a día con una sonrisa. Las cosas no se te antojan como antes y pierden su color. El mundo se torna oscuro, cruel y egoísta, y ves a las personas de tu alrededor como si fueran personajes de alguna retorcida y macabra tragicomedia.
Y cuando llegas a este punto, deseas más que nada que las lágrimas te ayuden a deshacerte de la ponzoña que te envenena y volver a soñar... volver a ser dueña de tu vida y sentir en ti los colores con los que la pintas...
Pero esto, por muy duro que sea, es la realidad y soñar tiene su precio.
Y ahora te das cuenta... demasiado tarde, pequeña.
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