El sonido de la bateria, la guitarra eléctrica y una voz gutural que parecía pertenecer al mismísimo diablo tronaban en mis oídos de tal forma que me empezó a doler la cabeza. Pero las mandíbulas me dolían mucho más de apretarlas... con demasiada fuerza. Tal vez era ese el verdadero motivo de aquella repentina migraña.
Sin embargo, no conseguía mi objetivo: ahí seguía esa voz recordándome una y otra vez lo que tanta furia me producía. Subí el volumen de la canción por enésima vez.
- ¡Ya basta! ¡Por favor, ya basta! ¡Cállate! ¡Ya basta...! - la voz se me quebró en un sollozo. Me eché las manos al rostro, como si aquello pudiera calmarme u ocultarme de mí misma.
Pero la voz hizo caso omiso de mis súplicas y, haciendo uso de toda crueldad posible, se alzó entre la estridente música y mis llantos:
"Dime, ¿te crees algo importante? ¿Acaso has pensado por un momento que él aguantaría? ¿Que TE aguantaría? Por favor, no seas necia. Ve y mírate en el espejo.... dime, ¿qué ves? ... ¿Callas? Bueno, te ayudaré entonces. ¿Sabes lo que yo veo? Nada. Eres demasiado insignificante."
Aquellas palabras me hirieron profundamente. Pero ahí seguía, de pie frente al espejo, mirándome. No, mirándome no. Estaba buscando algo. Cualquier cosa que encontrara sería suficiente. Pero aquella voz tenía razón: no había nada en mí.
"¿Y bien? ¿Qué piensas hacer ahora?" La voz esperó paciente a que contestase, pero nada salió de mi boca. Simplemente aguardé a que continuase con su bombardeo cargado de pura verdad. "Oh, ya sé, se me acaba de ocurrir algo genial. ¿Sabes? Podrías intentar llamar su atención con algo arriesgado... aunque claro, no serviría de nada. No le importas."
Seguía con la mirada en el espejo y vi perfectamente cómo las lágrimas caían, una tras otra, sin pausa alguna. Alcé la vista y clavé mis ojos en los de la propietaria de aquella voz que no dejaba de atormentarme. Ésta me dedicó una sonrisa macabra, la misma que se dibujaba en mis propios labios.
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