¿Cuántas veces habré oído esas tres palabras y cuántas me habrán defraudado?
¿Cómo es posible que al pronunciarlas creen al instante una fe ciega en nuestro corazón que nos hace incluso ignorar la evidencia?
Promesas que caen en un saco roto, desvaneciéndose sin dejar otro rastro que dolor. Y sin embargo, en cuanto vuelven a salir de tus labios como dulce ponzoña, me hechizan y me envenenan, sin importarme lo que haya sufrido previamente por culpa de esas traicioneras palabras.
Y vuelvo a creer en ti, sin importarme que me hayas fallado mil veces.
¿Porqué? Porque sigo teniendo la esperanza de que esta vez sea diferente, que cumplas lo que prometes y no me vuelvas a desilusionar. Porque no me canso de darte segundas oportunidades. Porque yo sí, cumplo mis promesas.
Por eso, no te prometo cosas imposibles y espero lo mismo de tu parte.
No quiero que me prometas la luna, ni las estrellas... ni quiero un "por siempre".
No te pido promesas inútiles, ni las quiero.
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